Se llamaba Julia

Embelesada. Así miraba cómo la leche iba, lentamente, hirviendo en la cacerola de aluminio curtido. Esa monótona ebullición le recordaba como había sido su vida hasta ahora: estéril, inservible.
Parecía una pequeña caldera de sentimientos encontrados que la llamarada de la vida calentaba lentamente hasta hacerla insoportable.

Todos los sueños, todas las metas. Todos esos planes fortuitos que quedaron colgando en el vacío, tendidos bajo el sol, descolorándose lentamente en un cordel atado al árbol del patio de atrás, le ardían en la conciencia.
Estaba cansada de sentirse cansada. Aburrida de sentirse aburrida.
El dolor se acumulaba dentro de sí a cuenta gotas, lentamente, amenazando con desbordarse un día, así, sin más ni más. Deseaba abdicar, permutar, evolucionar, transmutar.
Simplemente crecer dos grandes alas en su espalda y volar hacia el infinito para nunca jamás tener que volver a este lugar. A este momento.

Ya nada parecía tener valor. Los problemas se hacían cada vez más y más insoportables, sin salida alguna. No había luz al final de este túnel. El peso era insoportable, se aglomeraba infaliblemente en la parte inferior de su cuerpo y la hundía en estas aguas, halándola hacia abajo, profundo, sin poder salir a la superficie y tomar un aliento de aire para continuar. La soledad en este infinito mar de personas era apabullante.
¿Dónde había quedado la inocente niña que una vez correteo por los matorrales del barrio Santana junto a los demás granujas de la cuadra, tragando bocanadas de vida por doquier?
¿Dónde estaba aquella insaciable riada de risas que le tullía las ganas de ser infeliz?
¿Dónde quedaba la deleznable peripecia que significaba vivir otro día más en este alible designio del destino?
Ya no había nada.

Cierto era que su niñez fue dura, como la de todos los hijos del abominable tercermundismo de la deuda externa y la globalización. Su madre había tenido que luchar incansablemente para echar adelante a sus cuatro hijos.
Julia era la menor.
También era bien sabido de las andadas de su padre, el mecánico, que había criado la terrible costumbre, ya sea por herencia latina o por resabio de frustración, de desahogar sus beodas rabietas contra su esposa, haciéndole añicos la cara por lo menos dos veces al mes.
Sin embargo, habían logrado salir adelante con esa terrible mancha que marchita los sentimientos infantiles y hace hablar hasta las ventanas que miran desde el otro lado de la acera.

Quizás por pura ley de karma o por pura ecuación sicológica, la adolescencia le trajo a Julia cambios que eran más crudos que la compulsoria metamorfosis de larva a mariposa que las niñas experimentan a esa edad.
Los aires de la pubertad habían traído consigo pensamientos absurdos, incomprensibles. Cierto desdén en contra de todo lo que la rodeaba. Una suerte de súbito placer por permanecer en un estado de embriagante pesimismo existencial. La asquerosa hediondez de este mundo le revolcaba el estómago. La hacía contraerse con sus brazos apretando su vientre para ayudarse a soportar este temblor de sentimientos siniestros que se apoderaban de su ser.
Lloraba frecuentemente. A solas.

Se encerraba en su armario cuando todos se habían marchado del departamento a perseguir sus faenas diarias, aburridas e inútiles.
Allí, sola, desconsolada, rompía en un llanto ensordecedor que se hacía eco de gritos de desesperación que nunca nadie lograba escuchar.
Tenía solo veinticuatro años pero se veía desmejorada, avejentada.

Su pelo largo y crespo ya no era terso. Las prolongadas raíces de su color natural crecían descontroladas tras un tinte que alguna vez fue pero ya no lo era más. Siempre lucía una vieja bata floreada que su madre le había regalado alguna vez que ya ni recordaba.
Su cuerpo regordete y flácido era solo la sombra de la curvilínea jovencita que un día volvió loco a ese hombre que hoy era su marido.
Sus ojos siempre estaban lerdos. Como una ventana a mundos desconocidos, oscuros, tenebrosos.
El matrimonio iba de mal en peor. Julia sabía que José Miguel se veía con otra mujer. Muy probablemente nada parecida a ella. Quizá bien perfumada, inmaculadamente vestida y peinada. Siempre esperando a su hombre para satisfacerlo en todos sus deseos carnales.
Ella, por otro lado, era la magnánima representación del vacío y la decrepitud.
El siquiatra se lo había advertido. Los antidepresivos tenían un efecto secundario que afectarían el libido y, por consiguiente, la relación matrimonial.

Había sido diagnosticada con severa depresión y esquizofrenia pero, ¿qué demonios significaba eso? No entendía esa extensa e incomprensible jerigonza de palabras técnicas que utilizaban estos matasanos.
Lo único que sabía de seguro era que se sentía como mierda. Como un ser inservible que ni siquiera puede serle útil a su hombre para descargarse dentro de ella.

Accedió sumisa, como siempre, a seguir con el tratamiento por las súplicas de su madre aunque sabía, dentro de sí, que no tenía ningún sentido continuarlas.
Veía que la vida se le desvanecía entre sus dedos. Se sentía derrotada. Irremediablemente derrotada. Todos en el barrio la miraban con ojos extraños. Con esa pena cancerosa que lacera la autoestima de los más débiles.

Carlitos, el hijo de su hermana mayor, había venido a quedarse con ellos por unos meses. José Miguel había aceptado la encomienda un poco a regañadientes pero con cierta resignación ya que apreciaba,de alguna manera, a su sobrino político. Julia quería al niño como si fuera suyo y Carlitos reciprocaba este sentimiento ubicuamente.
Con solo siete años y en su primer grado de primaria, Carlitos era un niño suspicaz, alegre, alerta y respetuoso, fruición de cualquier madre del planeta.
La amaba profundamente quizás porque ella siempre lo resguardaba en su regazo o quizá porque su juventud representaba un numen para él. Era como tener cierta figura de autoridad consigo pero que le servía de compinche en sus ubérrimas travesuras.
Julia representaba la diversión y la libertad para Carlitos, por eso no refutó la orden de su madre de quedarse unas semanas en casa de Julia.
Pero ella seguía con su frugal sopor que no le permitía despabilarse de ese sueño asesino que la acechaba constantemente.
Ese cansancio que le barrenaba las sienes y se perfilaba como el ocaso de sus meros veintiún años de vida.

Esa mañana de diciembre era soleada pero con una ecuánime brisa que suavizaba el terrible sol tropical. Se empezaban a respirar los aires navideños que ya, desde finales de noviembre, comienzan a coquetear en las vitrinas y los estantes de los comercios como augurando una exitosa temporada.
El locuaz Carlitos se había levantado más intrépido de lo usual y José Miguel mostraba una elegante parsimonia que prometía un día feliz.
Julia se había levantado con un lóbrego sentimiento de confusión y congoja. Un ciclópeo derrotismo que se distorsionaba en una disfonía cerebral que la ensordecía por completo.
Ocultó su pesar como miles de veces lo había hecho y nadie lo había notado. Pero hoy era diferente.

Cierto resentimiento se confundía con ternura y transmutaba en autocompasión. Era como la santísima trinidad de la desesperación y el desasosiego.
-¡Bendición, Tita!-
Respingó con un rugido Carlitos.
Julia no contestó.
-Hazme unos huevitos fritos con tostadas, ¿eh?-
Dijo José Miguel con serenidad.
Julia asintió con la cabeza y limitó su contestación a un suspiro vago, resoplado desde las profundidades de su ser.
Se sentía como una mosca en la pared.

La costumbre era prepararle, antes que cualquier indicio del desayuno, un vaso de leche con chocolate a cada uno. Especialmente a Carlitos, que le encantaba.
Entonces supo que era el momento exacto de acrisolar a estos dos seres que tanto amaba. Ella debía escapar de este hediondo y pestilente mundo y no podía dejar abandonados a sus dos amados. José Miguel, aunque había cambiado, no era el responsable de su desinterés. Lo era ella y sus constantes problemas. El era sólo una víctima y ella debía enmendar ese terrible error. Carlitos era la luz de sus ojos, el hijo que nunca había podido tener por una falta de fertilidad que aún no comprendía. El tampoco podía quedar a merced de este horrendo mundo y ser un blanco, como ella, de la maldad de las personas.
-Pobre de mí-
Pensaba mientras las cuencas de sus ojos se inundaban de pequeñas y débiles lágrimas.
Entonces, con mucha cautela, tomó el escuálido envase anaranjado claro y sacó todas las pastillas. Las molió lo más rápido posible sin que se dieran cuenta José Miguel y el niño quienes estaban sentados en el comedor.
Se aseguró de mezclar bien los tres vasos de leche con chocolate con los pedazos pulverizados de la droga. Batió uniformemente cada uno y los llevo de una sentada a la mesa.
A Carlitos le encantó. Ni siquiera notó el amargo sabor a muerte que flotaba a la deriva en la superficie del vaso.

La reportera se detuvo frente a ella y le preguntó:
-¿Por qué lo hiciste?-
Ella no supo qué contestar. En realidad no sabía nada. No entendía nada.
Volvió a preguntar la reportera con su fría voz inquisidora, como tratando de obtener cualquier información que le fuera útil para su reportaje:
-Y, ¿cuál es tu nombre?-
Se detuvo extrañada y sus ojos recorrieron velozmente todo su entorno. Pensó por un segundo pues casi se le olvidaba quién era pero, recuperándose inmediatamente abrió su boca y con una enunciación débil e incrédula contesto:
-Me llamo Julia-.

1 comentario:

ENDER AGUSTIN dijo...

Este cuento me atrapó en su atmósfera; el lector percibe el final pero espera, en el fondo, que el desenlance sea otro, y ahí la magia de este: es el pensando...hermosas construcciones del ambiente y los personajes, en fin, un buen trabajo del intelecto y el trasero: sí lo que usamos para escribir.