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Falta


Falta tu abrazo. 
Los que se encimaban a mi pequeño cuerpo cuando temblaba del miedo. 
Faltan tus manos. 
Aquellas que me arrugaban el rostro con inmensurable ternura. 
Falta tu olor. 
A especias tropicales, mezcla de hogar y mujer, madre y margaritas. 
Faltan tus ojos. 
Negros, profundos. Los que me enseñaban a mirar dentro de la oscuridad. 
Faltan tus pies. 
Cansados de tanto caminar, agrietados por la vida. Los que yo imitaba al andar. 
Faltan tus silencios. 
Aquellos que me refugiaban en tu regazo a, simplemente, escucharte respirar. 
Falta tu voz. 
Como me cantabas pequeñas rimas, coritos o murmullos que se parecían a la voz de los ángeles. 
Falta tu aliento. 
Aquel que me regalabas cuando más me faltaba el mío. 
Falta tu lucidez. 
La que al final decidió abandonarnos y dejarte a la intemperie, a merced del frio y el olvido. 

Recuerdo tu inercia, tu inmovilidad y me da miedo. 
Recuerdo verte tendida ahí, sin siquiera respirar. 
Recuerdo que me sentí el más desamparado de la tierra. 
Recuerdo que no pude lograr hacerte despertar. 

Falta tu vida. 
La que abandonaste aquí en la tierra y por la que yo hubiera dado la mía.

Muerte

Muere maldita muerte. Muere y aléjate de mí.
No me esperes en ninguna esquina pues no te responderé.
Muere maldita muerte, muere y no vuelvas a respirar.
No quiero ver tu sombra avalanzándose sobre mí.
Escondiéndose en cada hendija que crece entre los ladrillos.
En cada poro en la piel de la madera.
En cada instante cuando menos te quiero ver.

Vuela maldita muerte, vuela lejos de aquí.
Y no regreses que no te estaré esperando.
Ni ninguno de los míos te recibirá.
Yo les daré espada de luz para que traspasen tu mezquindad.
Tu lujuriosa hambre de ser.
Tu impredecible predictibilidad.
Mal agüero de los que seguimos vivos.

Yo sé que me quieres a mí.
Soy tu preciado trofeo,
el que nunca has podido tener.
Me has perseguido toda la vida,
Por cada rincón, en cada momento.
En cada ser que me has quitado.
En cada alma que te has llevado.
Tú no eres mi amiga, yo no te quiero y jamás te querré.

Muere maldita muerte, muere y déjame vivir.
Ya no soporto tu hediondéz.
Se que pronto vendrás.
Y cuando vengas,
me vestiré de púrpura y de tinieblas me llenaré las manos.
Y te recibiré como novio que recibe a su amante.
Pero por ahora aléjate de mí.
No me sigas robando momentos.
Mis pequeños instantes.
Las simples cosas que me hacen feliz.
Aléjate de mí.

A todos mis muertos


Los veo a todos.
Juntándose lentamente en mi memoria,
acurrucándose entre los recuerdos.
Recuerdos viejos, recuerdos ocultos, recuerdos olvidados.
Los veo y no temo.
Se que una vez fueron parte de mi y yo de ellos.
Un solo cuerpo. Un solo ser.
La melancolía me carcome, me desangra por dentro.
Son como una sombra eterna que me sigue los pasos.
Son como un recordatorio de mi propia mortandad.
No hay momento alguno en que no piense en ustedes.
No existe un segundo libre de su presencia.
No existe.
No existe.

Nuestros días son tan cortos,
caminan tan rápido, aligerando el paso con los años.
Y yo aquí, tendido a la sombra de sus recuerdos
me hago más pequeño, más indefenso.
Más vulnerable.
Si acaso pasaran frente a mí y no pudiera verlos,
sentirlos, quizás es que perdí mi norte
y ando correteándolo por cada esquina del universo.
Por cada rincón del planeta.

Si pronuncian mi nombre y no volteo a mirar,
no es por dejadéz ni por desidia.
Quizás me cegué con el resplandor del mundo.
No fue mi intención bajar mi cabeza y mirar el suelo.
No fue mi intención.
No fue mi intención.

A veces los siento tan cerca
Que podría jurar que puedo tocarlos.
Que el vapor que emana de sus alientos
me empaña el corazón con lágrimas.
Pero yo se que no están aquí,
Son solo una nube, una neblina tenue
Que revolotea sigilosa por entre las paredes porosas de mi mente.

Quisiera estar con ustedes.
Siento que me llaman.
En cada sonido, en cada movimiento, en cada risa.
En cada visión, en cada grito, en cada lágrima.
En cada temblor, en cada libro, en cada palabra.
En cada día, en cada noche.
En cada pensamiento.
Pero no puedo partir.
La vida me pesa demasiado como para poder arrancarla.
Para quitarme este caparazónque me cubre.
Que me previene de buscarlos.
Les pido perdón.
Les pido piedad.

La silla sigue sentada donde el tiempo la dejó.
Las ventanas siguen rasgadas por el despiadado sol.
Los libros, ¡oh, los libros!
Mis amados recipientes de conocimiento.
Los veo ahí, amontonándose lentamente
en los estantes de mi alma.
Acumulando polvo, acumulando sabiduría.
Los toco y me recuerdan a ustedes.
Son como muertos.
Son como muertos.
Son como todos mis muertos.